lunes 25 de julio de 2011

Miguel Poveda, Duquende y Chicuelo: Festival Les Suds à Arles


Les traigo un concierto-documental de flamenco que tiene como protagonistas a tres grandes: Miguel Poveda, Duquende y Chicuelo. Los dos primeros son de las mejores voces masculinas que tiene actualmente el cante flamenco (a mi particularmente me encanta Duquende) y la guitarra de Chicuelo es sencillamente acojonante (con perdón). Para los que aún no le conocen, en este blog hay una entrada dedicada a él (http://elumbraldeolvido.blogspot.com/2009/11/juan-gomez-chicuelo.html). De hecho, en esa entrada colgué una pequeña muestra del concierto del que les hablo. Éste tuvo lugar en 2004 dentro del marco de conciertos del festival anual "Les Suds à Arles", que se celebra, como bien lo indica el nombre del mismo, en la localidad de Arlés, en el sur de Francia y que tiene por objeto congregar a los entusiastas de las llamadas músicas étnicas o del mundo todos los veranos. El concierto incluye entrevistas a los dos cantaores. Sólo tengo una pega como guitarrista y es, ¿por qué no entrevistaron también a Chicuelo?

Por lo demás, debo decir que es espectacular. Espero que disfruten viéndolo y que les acabe gustando tanto como a mi. Pues eso... A disfrutar. Abrazos.


El precio del arte


Europa había tenido la gentileza de civilizar el África negra. Le
había roto el mapa y se había tragado sus pedazos; le había roba-
do el oro, el marfil y los diamantes; le había arrancado a sus hijos
más fuertes y los había vendido en los mercados de esclavos.
Para completar la educación de los negros, Europa les obse-
quió numerosas invasiones militares de castigo y escarmiento.
A fines del siglo diecinueve, los soldados británicos llevaron a
cabo, en el reino de Benín, una de esas operaciones pedagógi-
cas. Después de la carnicería, y antes del incendio, se llevaron
el botín. Era la mayor colección de arte africano jamás reunida:
una enorme cantidad de máscaras, esculturas y tallas arranca-
das de los santuarios que les daban vida y amparo.
Esas obras venían de mil años de historia. Su perturbadora
belleza despertó, en Londres, alguna curiosidad y ninguna
admiración. Los frutos del zoológico africano sólo intwresaban a
los coleccionistas excéntricos y a los museos dedicados a las
costumbres primitivas. Pero cuando la reina Victoria mandó el
botín a remate, el dinero alcanzó para pagar todos los gastos
de su expedición militar.
El arte de Benín financió, así, la devastación del reino donde
ese arte había nacido y sido.


Eduardo Galeano, de su libro Bocas del Tiempo (2004).


Instrucciones para triunfar en el oficio

 

Hace mil años, dijo el sultán de Persia:
- Qué rica.
Él nunca había probado la berenjena, y la estaba comien-
do en rodajas aderezadas con jenjibre y hierbas del Nilo.
Entonces el poeta de la corte exaltó a la berenjena, que
da placer a la boca y en el lecho hace milagros, porque
para las proezas del amor es más poderosa que el polvo
de diente de tigre o el cuerno rallado de rinoceronte.
Un par de bocados después, el sultán dijo:
- Qué porquería.
Y entonces el poeta de la corte maldijo a la engañosa
berenjena, que castiga la digestión, llena la cabeza de
malos pensamientos y empuja a los hombres virtuosos al
abismo del delirio y la locura.
- Recién llevaste la berenjena al Paraíso, y ahora la estás
echando al Infierno -comentó un insidioso.
Y el poeta, que era un profeta de los medios masivos de
comunicación, puso las cosas en su lugar:
- Yo soy cortesano del sultán. No soy cortesano de la
berenjena.


Eduardo Galeano, de su libro Bocas del Tiempo (2004).


La Carta


Enrique Buenaventura estaba bebiendo ron en una taber-
na de Cali, cuando un desconocido se acercó a la mesa.
El hombre se presentó, era de oficio albañil, perdone el
atrevimiento, disculpe la molestia:
- Necesito que me escriba una carta. Una carta de amor.
- ¿Yo?
- Me han dicho que usted puede.
Enrique no era especialista, pero hinchó el pecho. El alba-
ñil aclaró que él no era analfabeto:
- Yo puedo escribir, yo sé. Pero una carta así, no sé.
- ¿Y para quién es la carta?
- Para... ella.
- ¿Y usted qué quiere decirle?
- Si lo sé, no le pido.
Enrique se rascó la cabeza.
Esa noche se puso manos a la obra.
Al día siguiente, el albañil leyó la carta:
- Eso-dijo, y le brillaron los ojos-. Eso era. Pero yo no
sabía que era eso lo que yo quería decir.


Eduardo Galeano, de su libro Bocas del Tiempo (2004).


La Mar


Rafael Alberti ya llevaba casi un siglo en el mundo,
pero estaba contemplando la bahía de Cádiz como si
fuera la primera vez.
Desde una terraza, echado al sol, perseguía el vuelo
sin apuro de las gaviotas y de los veleros, la brisa
azul, el ir y venir de la espuma en el agua y en el aire.
Y se volvió hacia Marcos Ana, que callaba a su lado,
y apretándole el brazo dijo, como si nunca lo hubiera
sabido, como si recién se enterara:
- Qué corta es la vida.


Eduardo Galeano, de su libro Bocas del Tiempo (2004).